Neuromante. La pesadilla de la máquina.

Por María Santana


La novela Neuromante fue publicada en 1983 y es considerada un clásico dentro de la cultura ciberpunk. Su influencia es claramente reconocible en productos de entretenimiento de masas como la película Matrix, aunque también ha sido citada y analizada dentro de ámbitos más intelectuales como en el caso de los ensayistas que pertenecieron al grupo filosófico de la CCRU. El impacto de Neuromante es lo que acaba por motivar al lector cuando tiene que superar las dificultades en la lectura del libro, porque, en algunos momentos, William Gibson no lo pone nada fácil.

Podríamos dividir en dos los mayores obstáculos que pueden encontrarse en el texto: por un lado, las descripciones de la interacción de Case, su protagonista, con la matriz y, por el otro, la mezcla de personajes de carne y hueso con inteligencias artificiales o programas informáticos que se produce en la trama. La primera de las dificultades es fruto del esfuerzo de Gibson por anticiparse al desarrollo de lo que hoy conforma el ciberespacio y que en el libro da lugar a un vocabulario al que es complicado encontrar correspondencias claras. En este sentido, consideramos que Minotauro debería actualizar la edición y la traducción para conseguir que la lectura sea más cómoda. Con respecto a la complejidad de la trama, al principio es necesario dejarse llevar por la atmósfera caótica y turbia del libro para permitir que los diferentes elementos, las acciones y las apariciones de los personajes vayan encajando poco a poco. Antes que nada, el lector tiene que sintonizar con la hiperactividad confusa y angustiosa de Case mientras va comprendiendo las implicaciones de su labor al servicio del gran ordenador.

En los ensayos de Mark Fischer, Neuromante aparece como un retrato de la actualidad tan sólo levemente adelantado y oscurecido. Para él, su protagonista encarnaría fundamentalmente el cambio del paradigma laboral y productivo de la era cibernética. Por eso nos dice que “si el trabajador-preso es el protagonista de la disciplina, el deudor-adicto es el personaje del control. El capital ciberespacial funciona en el momento en que sus usuarios se vuelven adictos” [1]. En consecuencia, la nueva forma de trabajo utiliza el cuerpo y la mente no reduciendo al ser humano a un simple engranaje de la maquinaria productiva, sino apropiándose de él y consumiéndolo. Es la diferencia abismal que puede haber con un personaje como el de Arthur Seaton, el protagonista de la novela de Sillitoe Sábado por la noche y domingo por la mañana [2], y que encarna el modelo de producción capitalista fordista. Seaton aún puede planificar su trabajo a destajo por la mañana para poder escaquearse por la tarde y bromear con los compañeros. Y, de hecho, las tareas repetitivas a las que está obligado en la fábrica le parecen en cierto modo livianas o soportables, porque “las horas se deslizaban veloces cuando te ponías a pensar”. En el capitalismo productivo el cuerpo acababa por acompasarse al ritmo de la máquina y, al mismo tiempo, la mente podía divagar por ensoñaciones placenteras.

Se podría decir que en Neuromante se constata la descomposición de un sistema que ha deshumanizado al trabajador llegando a lo más profundo. El contraste con el joven Seaton es enorme. Éste se esforzaba en defender la propia identidad con su ropa de Teddy boy, su familia, su novia y su rabia contra la explotación. Pero Case ha renunciado a los rasgos identitarios más básicos: no tiene apellidos, ni familia, ni infancia. De ahí que sea tan fácil que el gran ordenador lo absorba en su seno como una matriz fría sustituyendo a la madre. Así se hace dueño absoluto del humano al obrar una alienación completa. La nueva forma de humillación del capitalismo digital se vuelve tan íntima como la de las prostitutas/muñecas lobotomizadas de la novela que solo pueden conectar con la realidad del mundo en el que se encuentran durante la breve fractura que supone la experiencia de un orgasmo pagado.

El planteamiento inicial que nos ofrece Gibson es el de una novela negra en la que Case podría haber encarnado el rol de un perdedor al uso: alcohólico, pendenciero, ambiguamente honrado, sin blanca y objeto de deseo de mujeres fatales. Sin embargo, nuestro anti-héroe ya no puede aspirar a ninguna clase de salvación. Case está completamente agotado y es incapaz de controlar sus debilidades narcóticas. Es más, cuando le “contratan” no le ofrecen un trabajillo con el que poder redimirse, sino una aventura suicida que le tienta en la medida del riesgo personal que supone. Nada más deseable que desaparecer tragado por el gran ordenador. Junto al protagonista en la historia van a aparecer una prostituta ingenua que es utilizada como carnaza, un exmilitar reconstruido artificialmente que cumple el papel de guardaespaldas sonado, una asesina implacable de pasado turbio y Wintermute, que es la inteligencia artificial que mueve a todos los personajes en su propio beneficio. Al margen de los estereotipos que cumplen los diferentes personajes, la trama es, tal y como describe Nick Land, “una confluencia de hilos narrativos dispersos, de los biótico y lo técnico y, más específicamente, de Wintermute y Neuromante (la IA) ((análoga policial y ciberespacial de Edipo)), cuya fusión, de acuerdo con el relato de la seguridad humana ultramoderna, convierte la matriz del ciberespacio en una sensibilidad personalizada” [3]. El horror invade a Case cada vez que Wintermute se muestra ante él con un rostro humano creando un espacio virtual con el que engaña completamente los sentidos. Entonces es cuando la diferencia entre lo aparente y lo real queda definitivamente rota imposibilitando cualquier punto de referencia o cualquier huida hacia el mundo. Ahora la matriz lo envuelve todo.

Case obedece las órdenes que recibe sumergido en una melancolía que le adormece y que le incapacita para sentir cualquier placer que no provenga de las anfetaminas. El único deseo que tiene es el de abandonar la voluntad, dejar de existir, perderse dentro del Otro. En esta dinámica de desafección corporal y existencial, Gibson plantea dos ejercicios de desaparición para Case. El primero de ellos es dentro del cuerpo de la guardaespaldas ninja que le protege y acompaña. En este sentido, las descripciones iniciales de la experiencia que supone estar en la carne de Molly resultan fascinantes para el propio lector: ver el mundo desde sus sofisticadas lentes, moverse en las tripas de los edificios y en los oscuros callejones de manera sigilosa, sentir el tacto del cuero en la piel,… El personaje de Trinity en la saga de Matrix no sería más que una copia rebajada de ella. Las modificaciones corporales letales que Molly se ha costeado nos dan la medida del mundo en el que ha tenido que sobrevivir y de la angustia aterradora que supone no poder controlar los implantes neuronales a los que obedece. No hay mayor desposesión que no ser dueño de los pensamientos que aparecen en la conciencia, ni de los deseos o los sueños. Desde el momento en el que se toma conciencia de ese control íntimo ya es imposible librearse de la sospecha de la propia mente.

La idea anterior enlaza con la segunda de las desposesiones que nos presenta Gibson que sería perderse dentro de la matriz. A pesar de lo inquietante y casi repugnante que puede parecer, el impulso que lleva a Case a conectarse durante horas al ciberespacio nos resulta ahora mismo muy familiar: “iría directamente al tablero sin molestarse en vestirse, y se conectaría. Estaba entrando. Estaba trabajando. Perdió la cuenta de los días”. Hoy, cualquier persona puede hacer lo mismo que Case: conectarse con su móvil desde la misma cama al despertarse y ponerse a “trabajar” antes de ir al baño. De la misma forma que Wintermute está usando a Case para sus propios intereses, las redes sociales y los correos electrónicos captan nuestra atención hasta hacernos olvidar el mundo que queda más allá de la pantalla.

Extasiado, olvidado de su cuerpo y de su misma existencia, Case bucea en la matriz, coloca virus que rompen defensas, manipula programas y asiste embelesado al desplegarse de ese universo digital paralelo. Mientras hace todo esto y para tenerlo bien sujeto, Wintermute se introduce en sus recuerdos y sus sueños convirtiéndolos en lo que Land describe como “una maraña espesa de micronarraciones que se deshilachaban como cables arruinados” [4]. Aquí se suceden los cielos grises, las playas de arena plateada, los contenedores abandonados, los colchones sin sábanas, el calor sofocante, la suciedad y el ruido, la compañía de chicas aletargadas por las drogas,… Ante este paisaje de postguerra, no puede extrañarnos que tenga tanta prisa por abandonar el mundo.

Siguiendo la lógica de un suicidio lento, casi todos los personajes que aparecen en la novela son adictos a diferentes sustancias y, de hecho, parte de su conducta depende directamente del síndrome de abstinencia que les empuja a comportamientos compulsivos y arriesgados. Con la misma violencia autodestructiva desfilan los miembros del grupo terrorista y nihilista de los Modernos exhibiendo sus alteraciones corporales repugnantes con las que se van alejando de la raza humana. En el fondo, la novela está recorrida por una pura la pulsión muerte. Da igual cómo se resuelva la historia, porque el lector sabe que no puede haber ningún final feliz. El dolor es ya tan grande que hay posibilidad de consuelo para ninguno de los protagonistas.

Matrix modernizaba el mito de la caverna con un héroe que tenía como misión nuestra liberación del yugo de la máquina, Neuromante nos coloca ante la insignificancia de los asuntos humanos frente a la grandiosidad de las inteligencias artificiales. Sin embargo, pese al desastre que nos consume, esa realidad cibernética de dimensiones completamente inhumanas no puede terminar con nuestro mundo porque, y esto es lo más hermoso del libro, “las cosas no han cambiado. Las cosas son cosas” [5]. El mundo en el que están los objetos y las personas sobrevivirá al margen, en la medida en que es ignorado por esa potencia infinita virtual que se ha liberado. La distancia ontológica que separa el mundo de la realidad virtual sigue siendo incomprensible en el fondo. El ciberespacio y la matriz no están hechos a escala humana, por tanto, nunca seremos capaces de aprehenderlos y no nos queda más alternativa que aceptar no sólo nuestra insuficiencia intelectual, sino la intromisión de la máquina en lo más íntimo de nuestra existencia.

La humillación de esta desproporción con respecto a las inteligencias artificiales es capaz de erosionar cualquier voluntad de emancipación frente al control cibernético. En la mitología ciberpunk, los intentos de acotar el desarrollo de las inteligencias artificiales son absurdos. Pues, como describe Land, “el clan Tessier-Ashpool agoniza entre incesto y asesinatos, pero sus estructuras neoedípicas de propiedad mantienen el encierro de Wintermute como una prolongación mórbida del dinasticismo humano” [6]. En la novela queda muy claro, las pistolas solo pueden destruir el terminal físico, pero no pueden impedir el despliegue del gran ordenador.

Nuestras pasiones y enredos no son más que los últimos entretenimientos antes de sucumbir devorados por el ciberespacio. Sí, aún tenemos querencia por el mundo de las cosas. Y, de hecho, buscamos descripciones de personas, objetos o espacios hasta en esta novela como una forma de anclarnos a un sentido, de comprender lo que nos está pasando. Todavía podemos imaginar y recrearnos como Case y Molly en esa “entrada en el mundo de 3Jane que no tenía puerta. Era una herida irregular, de cinco metros, en la pared del túnel, escalones desiguales que descendían en una curva amplia. Tenue luz azul, sombras que se movían, música” [7]. Sin embargo, cuando terminemos de descender por esa escalera nos encontraremos que ya no hay nada, solo ilusiones, proyecciones mentales, emociones en estado puro, descargas eléctricas en un cerebro sobre-estimulado…

No tiene sentido intentar resistirse, porque “más allá del ego, más allá de la personalidad, más allá de la conciencia, se movía” [8]. Eso que se mueve son las imágenes, las corrientes eléctricas, los implantes, los programas y los virus que van conectando nuestro cerebro a la gran máquina, que están alterando nuestro cuerpo y nuestras percepciones hasta conseguir hacernos suyos. La conclusión de Neuromante es sórdida y pesimista. Es un relato sobre la impotencia humana que no arranca de la simple derrota, sino de algo más profundo: de la ausencia de deseo de otra vida que no se alcanza ni a soñar.


Notas:

[1] FISCHER, MARK (2018), Realismo capitalista. ¿No hay alternativa?. Buenos Aires: Editorial Caja negra, p. 54.

[2] SILLITOE, ALAN (2011), Sábado noche, domingo por la mañana. Madrid: Impedimenta.

[3] LAND, NICK (2019), Fanged Noumena Vol 1, 1988-2007, Nick Land. Barcelona: Holobionte, Pp. 215-216.

[4] Ibid., p. 217.

[5] GIBSON, WILLIAM (2020), Neuromante. Barcelona: Editorial Planeta, p. 316.

[6] LAND, NICK (2019), Fanged Noumena Vol 1, 1988-2007, Nick Land. Barcelona: Holobionte, P. 218.

[7] GIBSON, WILLIAM (2020), Neuromante. Barcelona: Editorial Planeta, p. 253.

[8] GIBSON, WILLIAM (2020), Neuromante. Barcelona: Editorial Planeta, p. 309.