NO–TRESPASSING.

CONTRA–PODER. RESISTENCIAS DEL ROSTRO

[Diálogo entre Uno y Otro]

POR CÉSAR MORENO


It’ll probably turn out to be a very simple thing…

P R I M E R A   P A R T E

Escena I

[En medio de un páramo. Al fondo se adivina, entre la niebla lejana, la silueta de una gran ciudad. No se sabe si Uno-y-Otro pasean o deambulan sin un destino fijo. Anochece lentamente].

OTRO: Ya te decía que en principio, o al fin –qué más da–, se trata del Otro y de lo que nos sería concedido decir de él.

UNO: En principio o al fin. Ya, bueno…Podríamos estar todo el día hablando de los Otros, vaya tontería. Por cierto, espera: si se trata de decir algo del Otro, ¿de qué Otro se trata? ¿de quién podríamos o no decir algo? Me he perdido: ¿de quién hablamos? Necesitamos saberlo.

OTRO: ¡Otra vez! Me recuerdas a Leon, el replicante de Blade Runner, cuando el interrogador le sugiere la posibilidad de que esté en un desierto, y él le pregunta en qué desierto

UNO: Pero es que si no…

OTRO: …Sin comprender que en esa pregunta el “desierto” no es un lugar concreto, con tales o cuales coordenadas terrestres, con estas o aquellas características, sino que es el desierto justamente de la experiencia del “desierto”, y que cualquier “desierto” valdría para esa experiencia. Todo desierto es perfectamente desértico, cualquier selva es perfectamente selvática.

UNO: Disculpa, será esta soledad, tan inquietante. Yo necesito cosas, hechos y caras para poder concentrarme, ubicarme, situarme; para saber qué he de hacer, qué he de pensar…, para no perder la cabeza. Necesito tema, mucho tema. ¿Dónde están esos Otros?

OTRO: Se trata del Otro… pero no sólo del Otro, sino del Otro –no lo olvides… [Aparte: lo más probable es que se distraiga y lo olvide] … del Otro como Rostro.

UNO: Te refieres al Otro según la cara, ¡por la cara!, claro está [se ríe].

OTRO: No, desde luego. La cara es una cosa, algo delimitado, un objeto: puedes fotografiarla, pintarla: te pueden detener por tener la cara que tienes, que parece que se identifica con ser quien eres o pareces ser… Y que te hace ser precisamente tú. Te piden el documento de identidad y ahí está tu cara, tu faz, tu carita o tu careta, o tu careto, tu jeta. Y ya hay muchos procedimientos para el reconocimiento facial, y demasiados tratados sobre el poner–caras, que fascinarían a los semiólogos o, en cierto sentido, caretólogos… Y hasta pueden partirte la cara si te descuidas. Hay incontables productos cosméticos pensando en la cara, ya sabes… polvos faciales, lápices de labios, sombras de ojos, y se pueden hacer muchas cosas con la cara: que te hagan un lifting, dejarte bigote o barba, que te depilen las cejas, que te operen la nariz, o los labios… Creo que no es necesario seguir.

Madonna, Vogue

Czeslawa Kwoka (Auschwitz)

Pero yo me refiero al Rostro, que siempre está –qué imagen poner que no nos traicionase– como “por detrás de la cara” [Pensativo] Cómo ponerle imágenes al Rostro…tan iconoclasta.

UNO: Como si la cara fuese, entonces, una careta, una máscara, y el rostro fuese lo que está detrás…la verdad de lo que está detrás, o de quien está detrás. Que no llegamos a ver.

OTRO: Sí, como la parte convexa de la máscara: no lo que se deja ver y colorear, pudiéndose comprar en tiendas o ser exhibida en museos etnográficos…

UNO: Yo precisamente tengo varias, ya te digo. Una de ellas es de madera, muy bonita, es como una mezcla de ser humano y animal, con colmillos…

OTRO: Pero no, no. No la parte cóncava, que se da a ver, sino la otra, la parte convexa, donde se podría alojar o guarecer quien portase la máscara.

Parte interior de una máscara de madera Bakongo Vili (Congo)

UNO: Como si le persiguieran, o simplemente para mantenerse al-margen… Ya: o para cometer alguna fechoría sin ser descubierto, ¿no?

OTRO: Sí, algo así. Como una reserva, una retirada.

UNO: Te refieres a ese hueco oscuro, sin tallar con delicadeza, donde resuena la voz o te escuchas respirar, esa especie de adentro, de interior…

OTRO: Sí, fíjate en los huecos, en los orificios… Imagina que intentases penetrar. Me parece que un día te enseñé algunos graffitis de Brassaï de la serie de El nacimiento del rostro. Son impresionantes. Lo que quería decirte es esto: que del Otro, en cuanto Rostro, no se trata sobre todo de decir esto o aquello ni, por ahora al menos, de estimular o incitar la verborrea de cientos de discursos, ni de presentar algún tema relativo a este o aquel Otro, en mil y un saberes más o menos científicos o simplemente cotillas, sino de proteger, primero, una especie de silencio al mismo tiempo expectante y paciente. Un silencio en torno no a lo que nos estaría permitido decir, sembrando esperanzas de discurso (y que todo eso fuese muy “interesante”), sino un silencio que rondase lo que nos sería imposible decir y que nos invitase a guardar silencio… Y reconocer este guardar, este atesorar silencio en su propia energía. Aunque sólo fuese –ese silencio paciente y expectante– como una insinuación… casi como si ni hubiera de notarse.

Graffiti de la serie La naissance du visage (Brassaï) (años 30, siglo XX)

UNO: Y perseverar en el respeto.

OTRO: Qué extraña va sonando esta palabra. Cada vez más.

UNO: No mirar al Otro, sino tener miramiento con aquello justamente que se resiste a la mirada… ¿no? No asaltarle ni acosarle. Estar expectantes y pacientes: atentos, pero sin precipitación, como cuando escuchamos.

OTRO: Eso es. En una escucha sin fin. Una escucha que se quisiera como escucha, como un escuchar inagotable, un escuchar siempre a la escucha, obligado a escuchar, en el oyente perfecto…

UNO: Me cuesta seguirte.

OTRO: La escucha sólo puede ser eso: escucha. El que escucha, escucha siempre, infinitamente, no deja jamás de escuchar en tanto escucha, no puede sino escuchar. Ponte en situación, es fácil. Como el que desea: en tanto desea, siempre desea, no deja de desear. El deseo jamás se confundirá con su satisfacción, que lo aniquilaría, por más que siempre deseemos que el deseo deje de serlo y se consume, se realice, aconteciendo “felizmente” lo deseado… Aquí se trata, en esa escucha, también, del deseo–de–Rostro.

UNO: Vayamos caminando, que nos queda un trecho. He olvidado a dónde vamos.

OTRO: El Otro como rostro no es un modo más de ser del Otro, en el que podamos pensar, del que quisiéramos hablar, sino el modo eminente de ser del Otro, del Otro por excelencia, por exceso, modo sin el que el Otro no lo sería justamente y en verdad. Puedes hartarte de saber cosas acerca del Otro, que eso no lo diferenciará de cualquier cosa de la que supieras muchísimo…

UNO: Pero sigue sin quedarme claro. Se me va y se me viene lo que tratas de decir. ¡Si no sabemos quién es! Ahora todos andan y andamos buscando los caminos descendentes que nos entrometan de lleno en un mundo concretísimo, en una circunstancia particularísima, en unas coordenadas… pues creemos que en todo ello está la verdad objetiva, la que nos importa, interesa, involucra, incluso la que nos conmueve, ¿no? Así pues, habré de insistir en preguntar ¿cómo se llama este Otro del que hablamos? ¿cuál es su edad? ¿es hombre o mujer? Y lo más importante: ¿es–de–los–nuestros? ¿eh? ¿Cómo podemos identificarlo? [En un aparte] Jeje: y también, que no falte: ¿de qué pie cojea?

OTRO: Siempre banalizamos al Otro, lo tratamos como si de él pudieramos decir lo que decimos de un objeto más, sin más. O para usarlo, sencillamente… El Otro aparece: como un mineral o unas tijeras, o como una flor, y le vemos…

UNO: ¿Dónde?

OTRO: ¡Uf! Imagina que ahora apareciese Otro. Pero se trata del “como Rostro”. Deberías repetírtelo.

UNO: ¡Como Rostro! ¡Como Rostro! [y casi inaudible] ¡como Rostro!

OTRO: Su movimiento de aparecérsenos nos trae de inmediato una falta de presencia, una ausencia, o una retirada. Se nos presenta y se nos retira. Nos viene y se nos va… aunque sigue estando ahí. Nos deja, también, su huella o sus huellas.

UNO: ¿Dónde? ¿Cómo? ¿La del pie al caminar, la de las manos, la silueta de su cuerpo? ¿La huella de su voz? ¿Un texto acaso?

OTRO: Eres imposible.

Escena II

OTRO: No será fácil. Una decisión complicada, esta del aventurarse en el decir y desdecir acerca del Otro como Rostro, pues el Rostro no se presta a ser dicho, quiero decir, a caer en un dicho, a ser atrapado en, o atropellado por, un Dicho.

UNO. A ver [mira a su alrededor, pero no hay nadie. Se encoge de hombros, pero prosigue] A ver, hay que hacer mutis. [Grita fuerte] ¡Que nadie diga nada del Rostro! [no hay nadie alrededor, obviamente].

OTRO: No he terminado. Quizás menos aún el Rostro pueda ser visto, pues el Rostro es invisible…

UNO: ¿Cómo que no? Estás de broma. ¿Y la cara?

OTRO: Ya te dije que el Rostro no es la cara. Vuelves a caer en la trampa facista. Quieres representarte a toda costa el rostro y convertir al Otro en objeto… Es la cara lo que pensamos que más se le parece, pensamos que es la cara aquello que más cerca se encuentra del Rostro. Tan cerca de la cara, de la faz, y tan lejos…

UNO: Me entra vértigo con todo esto –y voy teniendo hambre. No estoy preparado. ¡Indecible e invisible!

OTRO: Y ademas, sería inaudito. Aún más: inaudible, a no ser que dejásemos ser al Otro en el Decir siempre excediendo lo Dicho, que nos llega de él.

UNO: Como si fuese una Voz.

OTRO: Quizás verdaderamente de lo que podamos estar seguros (si es que fuese importante estar seguros de algo) es de que debemos prestar oídos: eso es lo que pide el Rostro [se lo dice a UNO a media voz]. Para escuchar hay que esperar. Si ves al Otro, ya ha caido bajo tu mirada, presenta unos rasgos

UNO: ¿Por qué lo dices tan a media voz, si nadie nos escucha? [Muy alto] ¡Prestad oídos!

OTRO: Te lo pondré más difícil aún. Quizás ni siquiera cupiera decir, in extremis, que el Otro como Rostro “sea”, sino que es de–otro–modo–que–ser. No es como son esto o aquello. No es al modo como se pregunta esto–qué–es, y sobre todo no es como se cree estar asegurado, consistente y convincente en los hechos

UNO: ¡Qué bien, los hechos! ¡Vivan los hechos! Me encantan. Vamos listos. Necesito que lleguemos. «Ciencias de hechos hacen hombres de hechos»… ¡Pero deberíamos celebrarlo, ¿no?!

OTRO: No, desde luego. El viejo Husserl tenía toda la razón al espantarse ante esa posibilidad, en los años 30 del siglo pasado, en la Alemania nazi. Y quizás podríamos decir, también, que del modo más insólito y extraño, a pesar de todo, a pesar de estar muy lejos de ser una Idea, el Rostro se parece a una Idea. Perturbadora. [Aparte, al público inexistente] Hay que des–oxidar las ideas, las maravillosas ideas. ¿Qué seríamos sin ellas?

UNO: ¡Pero mucho mejor los hechos! ¿A dónde vas a parar! Donde haya hechos, que se quite todo lo demás. Lo que me faltaba, una idea. ¡Bah! ¿Y para esto tanto rodeo? ¿Tan sólo para una ideíta?

OTRO: Una idea, como la idea de infinito (cartesiana) en mí, en nosotros, pero una Idea… en tanto (y hay que respetar este “en tanto”) desbordada, excedida, trascendida, transgredida. Idea, ciertamente, pero como dejada atrás por lo que ella anuncia, desbordada por lo que en ella es tan sólo como un prólogo, y que siempre remite a un más allá de ella por lo ideado en ella.

Escena III

[En la periferia de la ciudad. Bullicio y ruido próximos]

UNO: Ya he olvidado lo que me decías. No es fácil.

OTRO: Que el rostro es indecible, inaudito, invisible…

UNO: Esto es insoportable, no lo aguanto.

OTRO: Y que siendo completamente diferente de una idea, se parece a una idea, la idea más extraña, la más autodeconstructiva. La idea de lo que excede a la idea, una idea de lo sin–límite.

UNO: Me perdí por completo. Tiro la toalla. Quiero decir que me perdí en tus ideas sobre la idea…

OTRO: Una idea que tenemos y cuya grandeza, y cuya gracia es combatir contra sí misma, en favor de lo ideado. Nunca lo ideado se confunde con su idea. ¡Ah, el viejo Spinoza sabía de esto! Si ya un triángulo (como lo ideado) no se parece en nada a la idea (que tenemos en la cabeza) de triángulo; si una iguana no se parece en nada a la idea de iguana (que tenemos “en mente”), ¿cómo iba el rostro a parecerse a la idea de Rostro? Y, sin embargo, es como si la idea portase al rostro, nos lo preservase más próximo junto a nosotros, nos hiciese pensar en él. No lo olvides: en él, no en la idea que tenemos de él, sino en él… La idea podrá extasiarnos…

UNO: Y ¿dónde está este Otro? ¿Pero pensar en qué? No cejaré en mi empeño. Vaya lío: qué podríamos pensar si es indecible, inaudible, invisible, y una idea que se autodestruye…3, 2, 1… ¡Ya no nos queda nada! Casi suena divertido: famélico y raquítico, este Otro…

OTRO: Casi reducido a nada. Nos queda pensar a contracorriente en el pensamiento transgredido, desbordado… mejor, en el propio exceso, en el desbordamiento…que nos provocaría, junto con la idea de infinito, el deseo infinito de lo ideado, inalcanzable.

Escena IV

[En una calle. Mientras Uno y Otro hablan, las personas los sortean]

OTRO: Nos queda pensar que está más allá, que es de-otro-modo. Quizás podría hacerse un poco más comprensible lo que tratamos de encontrar si te digo que el Rostro no está previsto, que es impredecible. Viene –y lo sabemos por su idea– sin avisar, viene sin que podamos creer que ya sabemos esto o aquello acerca de él; viene cuestionando lo que creíamos saber de él, destrozando los hierros de la jaula o cárcel en las que creíamos tenerlo como atrapado. Este venir, éste, acuérdate bien: este venir… es el del Rostro. Cuando el Otro nos viene así, nos viene como Rostro.

UNO: Menos mal que es sólo de tarde en tarde. ¡Uf! Como siempre escapándosenos, dándose a la fuga, en retirada. Este Rostro del que hablas no se parece demasiado a nuestros Otros de todos los días, tan identificables, tan a mano, tan socorridos… Yo soy Uno y tú eres Otro, eso está claro.

OTRO: Sabemos que se trata del Rostro porque, o cuando, echa por tierra nuestras fatuas pretensiones de dominarlo, de ponerle una etiqueta, de creer que, por supuesto, le conocemos ¡muy bien! –y en especial (esto es decisivo casi siempre), de qué pie cojea… (sabemos, entonces, lo que el otro oculta, esa cojera…).

UNO: Empiezo a comprender que le odien muchos. Este Rostro del que hablas [Aparte: no creo que vaya a convencerme] es un absoluto fastidio para la voluntad de poder, para nuestros afanes de saber, para lo que proyectamos sobre él, para nuestras técnicas, nuestras empresas, nuestros negocios…

[Mientras hablan, se acercan a un cine. Cada vez hay más gente en la calle. Luces de neon, anuncios publicitarios con caras de felicidad y goce].

OTRO: …Incalculable. Por aquí llegamos a –ya estamos en– territorio levinasiano. Todo radica en que se trate no de saber –es difícil que no se trate de eso precisamente–, sino de presentir y sentir que el Otro como Rostro no se deja atrapar y que, en este sentido, se resiste a caer en un percepto (y los primeros perceptos que habría que “desconectar”, para no confundirnos, serían los de la Cara y el Gesto…)

UNO: ¡pero si los necesitamos a diario! ¡qué locura!

OTRO: …y se resiste a sucumbir en unconcepto. Lo que hubiesemos de pensar, presentir y sentir en la idea de Rostro es que el Rostro no se deja pensar sin más, a no ser que cuando pensemos el Rostro estemos haciendo algo más que pensar… o que en verdad no pensemos sino en ese retirarse hacia atrás de la Cara, con todo lo que implica, con todo lo que este mismo pensamiento nos exige, a lo que nos obliga: pensar también, desde la Filosofía.

UNO: Ya sabía que tenía que aparecer. ¡Lo sabía! La Filosofía¡Vade retro!

OTRO: Pensar desde la Filosofía que el modo de darse el Rostro sea siempre en la reserva, en la preservación de su enigma. Irrumpe en su retirarse. Entiéndeme: podemos pactar llamar “Rostro” al Otro no en tanto esto o aquello –Lévinas lo dice con claridad– sino sólo e inexcusablemente en tanto que no es en-tanto-que…; se evade, no lo controlamos, se nos escapa, se nos hace impredecible, incalculable, invisible, inaudible… Eso sería el Rostro.

UNO: ¿No es esto muy hiperbólico?

OTRO: No podemos abordarlo como algo que pudiera cuantificarse… A veces hay que rastrear esa experiencia, aguzar la sensibilidad… Pero no te preocupes, no fuerces el tema. No se trata de que afirmes eso… sino de que seas sensible a que tus poderes y saberes queden cuestionados por el Otro, en la medida en que es Rostro… No simplemente otro como este lápiz es otro que este otro lápiz que está a su lado, o que este tintero es otro que esta cuchara… No se trata de eso.

UNO: Ya comprendo [En un aparte: la verdad es que no comprendo demasiado, pero no quiero desanimarle, pobre OTRO].

OTRO: Extraño e inquietante pensamiento este que nos sobreviene, en el que el Otro como Rostro se nos ofrece en el movimiento retráctil, contemporáneo de su venirnos a la presencia, de dejarse quizás, a lo sumo, entrever, o dejarse escuchar, movimiento del desocultársenos como (se nos desoculta así) un retirársenos el Otro como Rostro, quedando preservado en su enigma, en su –si no tememos la palabra– trascendencia y, en este preciso sentido, en su infinitizarse.

Escena V

[Sentados en un banco, rodeados de gente]

UNO: [mira su reloj] ¿Es ya?

OTRO: Aun no es la hora.

UNO: Estaba pensando en la múltitud de cuerpos y caras que nos rodean por todos lados…Van atareados… ¿Nos ven acaso? Y tú, por llevar la contraria y fastidiar, diciendo que el Rostro no es las caras.

OTRO: Te decía que aún no es la hora. En este viejo cine aún se pueden ver ciertas películas que hacían pensar… incluso (esto era lo mejor) sin que pareciese que te hacían pensar…

UNO: Después de lo que llevamos hablado, ¿tiene algun sentido que sigamos hablando acerca del Rostro? ¿Para no decir nada? Por cierto, a todo esto, me corroe una duda desde hace tiempo: ¿el rostro es de veras? ¿O tan sólo lo presentimos?

OTRO: Diría que es de otro modo. Y si lo presentimos, ello se debe a la deuda de la idea infinita (¿recuerdas? La idea de infinito) con lo ideado…

UNO: Pero, no des rodeos: ¿tiene que existir el Rostro?

OTRO: Se nos da. Y llevamos su idea. Siempre la misma exigencia trivial, paupérrima. Si hubiera de existir, ¿cómo quisieras que existiese? Siempre andamos con la misma demanda infantil de la existencia. Qué poco hemos avanzado. La existencia… ¿Cómo habría de existir, como este banco, como un dolor de rodilla, como un lienzo, como el pancreas, como un llavero? ¿Cómo una onda electromagnética, o como un agujero negro? De tarde en tarde tenemos experiencias explícitas, que no nos pasan desapercibidas, de Otros que nos invitan a pensar que no son meros entes ni objetos… Son momentos de encuentro y revelación. Su rareza no les resta valor ni relevancia, desde luego. Y sobre todo, cuando desafían nuestros poderes y saberes. Hay que escuchar… Puede que no sea en momentos bellos ni amables.

UNO: ¿Recuerdas lo que decía aquél: «que es una pena que el ser humano sea un objeto parlante»?

OTRO: Mejor olvidémoslo. Basta que la tengamos (mejor: que nos posea) un segundo, que nos roce, para que ya sea una gran idea. Sin ideas los humanos no somos nada. Basta con que en una fracción de segundo no la hayas rehusado, para que la idea se haga valer… y comprender que tiene sentido ese Rostro inaudible, invisible, indecible, imprevisible, incalculable… al que tienes que esperar, o escuchar, sin que puedas adelantarte a su presentación… y que es por–sí–mismo… O sobre todo (esto me parece de lo más instructivo) cuando nos decepciona.

UNO: ¡Ah, la decepción! Ya lo sé: esperas algo de alguien… y va y te sale, como dice la gente, “por peteneras”. Le dices, con enfado: “yo no me esperaba esto de ti” y va y se encoge de hombros, o te espeta un “Tú crees que yo soy la idea, o la imagen, o el concepto de tienes de mi? ¿O lo que esperas de mi? ¿Tu marioneta?, mientras tú te sientes como traicionado… Eso no te lo esperabas. Creías conocer a alguien, y resulta que no, que compruebas que estabas equivocado… Te llevas un chasco. Ahora lo veo mejor: también hay que preservar en el Otro la siempre abierta posibilidad de que nos decepcione.

OTRO: lo difícil es extraer de esa decepción un aprendizaje…

UNO: muy difícil.

[Se hace la oscuridad].

OTRO: [muy pensativo, dándose la vuelta, mirando hacia abajo]: Dificilísimo. Nunca lo aprenderemos lo suficiente. A la decepción se adhiere nuestro malestar por haber sido decepcionados, y siempre corremos el riesgo de que este efecto–afecto, tan psicológico, gane la partida a la experiencia.

UNO: Hasta yo te he comprendido. Es difícil decirlo mejor.

OTRO: Así, nuestra decepción no será comprendida desde nuestra prepotencia… sino como si fuese algo imputable al Otro…, como una expresión de rebeldía, o como un defecto, algo que el Otro no ha cumplido… de acuerdo a lo que nuestra idea le marcaba…. No nosotros, por haber querido imponer al Otro el patrón –casi en un doble sentido– de lo que esperámos de él… sin contar con él.

Escena VI

[Entretanto, se encaminan a la taquilla. Están solos, y entran en el hall del cine]

OTRO [sacando un cuaderno de una mochila]: Mira lo que tengo escrito, voy a leértelo, mientras esperamos: «Sin poder ser reducido a percepto ni concepto [y ahora esto lo tengo subrayado], y según se deja insinuar sin mostrarse a la luz del día ni en las simples coordenadas del mundo que ajustan lo ente, el Otro como Rostro se exceptúafrente al percepto y al concepto. Comprendemos, de este modo, y es lo que no debemos olvidar (lo que nos incumbe como filósofos), que el Otro no se deja capturar, y que por eso es Otro como Rostro».

UNO: Eso ya lo dijiste antes.

OTRO: Ya termino. «En esta excepción, el Otro como Rostro no se nos muestra en un poder ejercido en el sentido de que el Otro fuese Rostro por su voluntad guerrillera de serlo, o para resistirse a nuestro poder, o porque pretendiera serlo, ni en virtud de nuestra humillante impotencia, pues, bien entendido, en esta impotencia –si admitiésemos hablar de ella– luce una oportunidad única, excepcional, de un vínculo ético. Generoso».

UNO: ¿Terminaste? ¿Concluíste? ¿Buscamos algo para cenar?

OTRO: Lo que está en juego verdaderamente no es la existencia del Rostro, sino nuestra apertura a él, que en ella me abra, me descerroje: no que yo me abra, sino que yo sea abierto por el Otro, conducido a su excepción. La verdad es que no importaría demasiado que no existiese ese Rostro como existe esta mesa, aquella silla o estos zapatos, o este dolor, si fuese ya capaz de pensarlo… y que reparásemos en lo que este pensar significa, a lo que me obliga… mi pensar al Otro como Rostro. Sé que esto sonará escandaloso para muchos. La tarea consistiría, entonces, al menos, en intentar comprender (no: entrever, mejor: presentir) este desorden al que parece conducirnos el Rostro. Desorden, desarreglo de no saber qué hacer con él… salvo estar a la escucha, pero sin garantías, quizás, quién sabe, si nadie podría saberlo, para no escuchar nada, pero estando, aun así, a la escucha. Escucha, pues, tal vez, de lo inaudible, si pudiera ser, de un enigma irresoluble, para siempre [Se hace la oscuridad… Se escucha el sonido de la RKO Radio Pictures. Aparece «No trespassing»].

S E G U N D A   P A R T E

Escena VII

[En una cafetería, después de haber salido del cine]

OTRO: Ahí estaba el Rostro. ¿Te diste cuenta?

UNO: ¿Dónde? No sé a qué te refieres propiamente. Es la historia de un hombre muy rico que acaba fracasando en la política, en el amor…, que quiere denunciarlo todo, sacar todo a la luz, manipular… y al que, finalmente, parece que sólo le protege de la destrucción absoluta, como un talismán, esa bola de cristal con nieve a la que salva de su furor destructivo, porque su esposa le ha abandonado. Yo precisamente tenía una…

OTRO: Me refería al pequeño trineo.

UNO: ¿Qué quieres decir?

OTRO: Quería decir: al trineo, cuando es arrojado al fuego. De eso se trataba: de Rosebud. ¡Eso era Rosebud! Nada aparentemente importante. Una insignificancia, una nadería, una fruslería, una chiquillada. Siempre me fascinó esa escena crematoria, sacrificial, en la que –de nuevo– el fuego purifica. Rosebud era el nombre del trineo del niño que luego sería tan poderoso…No era ni un caballo de carreras, ni una amante…

UNO: La película muestra los esfuerzos de un periodista por desentrañar el secreto de esa palabra… Pregunta a todos, ejerce como mejor puede su oficio, pero fracasa, como si un cerco de no–saber protegiese Eso, tan amurallado, tan recóndito… Sí, es verdad: si no se está atento, no se capta, y cuando se capta, puede ser que no se comprenda. Este trineo había aparecido una única vez en una escena anterior del film, en la que se ve a Charles Foster Kane, de niño, en el momento en que una institución bancaria habrá de tutelarlo y ocuparse de su educación, por lo que el niño, heredero millonario de la fortuna sobrevenida azarosamente a su madre, habrá de abandonar a sus padres, sobre todo a su madre, de la que no quería separarse….

OTRO: El trineo conduce al Rostro, hace posible la recreación de la experiencia de su trascendencia, o de su transgresión. Y nos invita a pensar en un Rostro sin cara. El Rostro conduce al trineo.

UNO: No entiendo nada. ¿Te refieres no a un Rostro–cara, sino a un Rostro–trineo?

OTRO: Deleuze, que no creía mucho en el rostro, dejó algunas consideraciones sobre la rostrificación… Pero no le eches mucha cuenta, confunde y tergiversa demasiadas cosas…

UNO: ¿Te refieres a aquel texto que leías hace tiempo, que hablaba sobre la pared blanca–agujero negro?

OTRO: Ese mismo. Es decir, un Rostro al que no es necesario vincularlo con una cara. El trineo está “super–rostrificado”. Todo Citizen Kane consiste en el recorrido a través de la vida del magnate del periodismo por medio del testimonio de otros, en el empeño de un periodista obsesionado con la tarea de descubrir qué significaba aquel «Rosebud».

UNO: Hay un Kane repartido por sus amigos, por sus esposas…

OTRO: Lo que se nos reserva al fin, como un secreto, como lo Irreductible, es Kane por sí mismo, pero no a través de hechos, sino a través de esa “nadería”, antes de que su vida se desviase… “Rosebud” significaba lo que sólo Kane sentía que significaba: lo Incipiente, el Brotar… Kane por sí mismo en la intensidad del vínculo entre el Kane adulto

UNO: Y desesperado…

OTRO: Y el Kane niño. El vínculo está dado por la nostalgia no de lo que fue, sino de lo que no fue, la nostalgia de un futurible.

UNO: ¡Lo recuerdo bien! En cierto momento del film, el propio Kane reconoce que «si no hubiera sido tan rico hubiera llegado a ser un gran hombre», y a la pregunta del banquero sobre qué le gustaría haber sido, Kane le responde, con enorme seriedad: «todo lo que usted odia».

Escena VIII

OTRO: Recordando al espectador su privilegio como tal espectador, como espectador fantasmagorizado fuera–del–mundo, Welles nos hace partícipes del Gran Enigma del Otro, de Una–Vida o del Rostro. En el film se preguntan todos por lo que era Rosebud… y en algun momento alguien alude a que quizás se trataba de algo que Kane perdió. El Contra–Poder de Rosebud se consuma contra todos los poderes del Mundo que quisieran inquirir (Inquirer se llama el primer periódico de Kane), decir y medir “Una vida” por lo que de ella pudiera narrarse, desvelarse, objetivarse, etc., tal vez, en una bio–graphia. Intenta evitar una expropiación. Pero ni los amigos de Kane, ni sus conocidos, ni sus esposas… saben ni sabrán nada de “Rosebud”. ¡Qué noema! Al comienzo del film, uno de los periodistas dice: «sólo podemos contar lo que hizo, no sabemos quién fue realmente».

UNO: Se lo llevó a la tumba. Fue su secreto. Todas las vidas se llevan su Rosebud a la tumba.

OTRO: A su silencio radical. Aunque sea otro muy locuaz, aunque se sincere… Tiene que ser así. Y tiene que intervenir, en último término, la muerte, que de un modo extraño hace verdadero el haber vivido, pues “Rosebud” es como la vida misma, no sólo la que fue de hecho, sino la que pudo haber sido y que luego llega a herir tanto a Kane, pero en la que también encuentra su paz, su sosiego… Recuerda al Niño en lo Acogedor y lo Abierto. En el surgir, el despuntar, el brotar…

UNO: Por eso, en el naufragio de su desesperación, Kane encuentra en el imaginario de su trineo su refugio.

OTRO: Un significante (“Rosebud”) que daba un significado irreductible a aquello a lo que se refería (“un trineo”). Es maravilloso, ¿no? Si se preguntara por el significado, se podría explicar con claridad. ¿Dónde estaría el problema? A la pregunta ¿Qué es “Rosebud”?, se habría podido responder que un trineo…, pero con ello no habríamos dado un paso, ni el más mínimo, en dirección a su verdad, absolutamente inexistente en medio del mundo , una verdad a la que nos ha permitido acercarnos la bola de cristal y la quema final. La inmolación de la Cosa en el fuego permitirá que el Gran Enigma permanezca para siempre en “el mundo real” –el único existente, el de Kane. El Enigma de una “menudencia”, de un punctum –en expresión de Barthes, en La cámara lúcida– insignificante desde el punto de vista del Mundo.

UNO: Lo que Kane echaba en falta no sucedió… ¡No podía ser un hecho! ¿Cómo iba nadie a saber de qué se trataba? Sólo él podía reconocer esa Falta… sobre la plenitud del niño jugando y arrojando, como una travesura, bolas del nieve contra el rótulo del negocio de sus padres… Ni siquiera los espectadores nos percatamos de que Rosebud ya estaba allí…

OTRO: El significado de esa Vida para sí, que ni siquiera fue vivida, pero que se dejó entrever, para el adulto atrapado –aventurémoslo–, como Lo Acogedor y lo Abierto.

UNO: Te repites, y no te comprendo.

OTRO: Creo –a pesar de las apariencias– que Lo Acogedor de la Madre arrebatada, que finge dureza cuando está sacrificando la proximidad entrañable de su hijo (hace un momento se me fue la cabeza y pensé en Jacob), y su propio cariño, a la posibilidad de un futuro que ella piensa que será mejor para él, lejos de la familia y de su padre. Y lo Abierto de una vida por hacer, desconocedora de las ratoneras, de los callejones sin salida, ignorante del fracaso, de la pérdida, de la traición. Sí, eso es: lo Acogedor y lo Abierto.

UNO: No importa. Precisamente el Secreto habría de estar en lo “insignificante”. Rosebud remite (lo has insinuado antes) a lo primerizo, a lo inicial, al brote. A lo por–hacer. Un tipo tan rastrero como el sirviente de Kane dirá al periodista, tras engatusarle haciéndole creer que sabía lo que significaba Rosebud, que Kane decía muchas cosas sin sentido.

OTRO: El film atenta contra el saber. Mejor: contra la soberbia del saber… Mankiewicz/Welles podrían haber mantenido el enigma, sin que tampoco nosotros hubiésemos llegado a saber nada del “sentido” de Rosebud. Sí, Welles nos endiosa como espectadores.

UNO: Era necesario quemar el trineo.

OTRO: Asegurando que nadie–llegaría–a–saber.

UNO: ¿Se merecía Kane toda esta…

OTRO: ¿Etica y poética del Rostro?

UNO: Sí, eso.

OTRO: No se trata de que la mereciera.

UNO: Kane era un magnate de la prensa amarilla…, un sujeto despótico, egoísta… ¿Se merecía esta especie de justicia final, esta especie de redención, a pesar del fracaso de su vida, que reconocemos en esta misma redención?

OTRO: Justicia…, no sé. En cualquier caso, sí, justicia, pero una justicia extraña.

UNO: O esta soledad final.

OTRO: No habrá ya más negro sobre blanco, ya no serán posibles más ríos de tinta, ni más rotativas. Se acabó el vaivén, el tráfago, los dimes y diretes, el correveydile y el mercadeo de los noticiarios, las pesquisas de los investigadores («Rosebud, dead or live»)… Las llamas habrán sellado para siempre, en medio del mundo, la trascendencia del Otro.

UNO: ¡Del Otro como Rostro! No se nos pide que seamos como sabuesos cognitivos, sino respetuosos.

OTRO: El prólogo era un epílogo, o éste, aquél: No–Trespassing.

Escena IX

UNO: Así que es poco más o menos por aquí por donde podríamos comprender eso del Rostro. Me acabarás por convencer. Cuando hablabas, por cierto, recordé algo que quizá se parece un poco a esto que comentas. Léolo

OTRO: Ah, Léolo. Qué tentación. Merecería muchos de estos paseos… Qué proeza la de Lauzon, en 1992.

UNO: A ver si soy capaz. [Guarda silencio un momento]. El film narra los esfuerzos de un niño–adolescente, Léolo, por escapar de la locura que tiene atrapada a toda su familia. Sólo le salvan la ensoñación (de aquí que se repita continuamente «porque sueño, yo no lo estoy [loco]») y el amor que siente por su vecina Bianca, que ésta, según lo siente Léolo, acaba traicionando. No es necesario entrar en detalles. Otro de los personajes (me sorprende la nitidez con que me viene a la memoria) es el “domador de versos”, que va recogiendo por los cubos de basura del barrio fotografías, fragmentos de cartas, etc., de gente anónima, que quema, o bien archiva… El film de Lauzon muestra el declive de Léolo por la pendiente implacable del fracaso, declive que es trascendido poéticamente con una maestría como en pocas ocasiones habremos tenido ocasión de celebrar, pues el film es terrible.

OTRO: lo que cuentas enseña mucho respecto a la significación del Secreto para el Rostro…Al ser archivado en una suerte de Gabinete de Maravillas, nadie sabrá… nadie excepto los asistentes al fim. Nosotros llegaríamos a comprender…

UNO: El film no termina con ninguna quema sino cuando, descendiendo hacia unos sótanos muy profundos, el domador de versos entra en una sala repleta de emblemas de cultura, esculturas, etc. Allí, con gesto amoroso, deposita el libro El valle de los avasallados, que leía Léolo, y lo que parecen ser los textos que escribía, y que el domador de versos recogía de la basura. Pienso que lo que decías acerca del Rostro de Kane preservado en la quema del trineo, aquí casi equivale a la vida de Léolo archivada en sus fragmentos… en una zona recóndita, reservada, en cuya entrada incluso se podría escribir aquel “No trespassing”. Ahí quedará no destruido, pero sí preservado y atesorado al margen, como un monumento poético, protegida de un olvido absoluto. Alguien podrá encontrar alguna vez esos textos de Léolo…

OTRO: Como un tesoro apartado de todos. Iba a decirte que nosotros, los espectadores, llegaríamos a comprender que en ese ser–apartado, alcanzamos el Rostro de Léolo, una “vida interior”, o una verdad, o una necesidad interior irreductibles a los saberes del mundo, y sólo preservados por el domador de versos… El Rostro también se parece a “una vida”. En el film de Welles lo comprendemos por el trineo–quemado, y en Léolo por la vida–archivada… pero siempre al margen, en la apertura paradójica del No–trespassing. Aceptar ese gran desfallecimiento, el del saber, como una responsabilidad es exponerse ante el Rostro. Sólo entra en los dominios de una Etica y de una Poética. Ni siquiera en el de una Antropología, que siempre entrega a los Otros, y a mí, a la presuntuosidad de un Saber… “sobre el hombre”. Si el Rostro necesariamente me extasía, aunque no me percate de ello, es porque me abre –cuando es verdaderamente Otro– a su propia Noche. Me adentro en él sin saber, manteniéndome a las puertas. Me adentro sin entrar. Y por supuesto, «toda ciencia trascendiendo»

Escena X

OTRO: Bajo el prestigio de saberes crecientes, vivimos en una suerte de dictadura de la voluntad de saber como voluntad de transparencia y exterioridad. No me refiero a aquella exterioridad de la que hablaba Lévinas, que es la exterioridad justamente del Rostro que está fuera, más allá, sino a la exterioridad de lo que, despojado de interior, desentrañado, se da a ver, tocar, escudriñar, abusar, manipular…en un saber planificador. La civilización del saber y la transparencia se fortalecen en la posibilidad de allanar y difundir cognitivamente, masiva e intensivamente, el acceso a todo lo que pudiera caber en sus medios y filtros, a veces –sobre todo en las redes sociales, etc.– a base de superficializar, de banalizar…

UNO: Entonces todo funciona mejor y más rápido… Lo aprendimos con Baudrillard. La cultura tecnológico–mediática requiere, como algo que le es imprescindible, que se rehuya toda densidad, toda profundidad, toda demora.

OTRO: Si me lo permites: como la apuesta de Heidegger II por la diferencia entre ente y ser, la cuestión del Ser, o la cuestión del Rostro (por más que Lévinas no quisiera que se confundiera el Rostro con el Ser heideggeriano), se trata de pensar a contracorriente de la devastación del misterio… al que, por cierto, apelaba Heidegger en su conferencia sobre Serenidad. ¡Quién pensará en el amanecer más que en lo que amanece, esto o aquello!

UNO: Obvio: nadie. Para aquel para quien lo importante son los hechos [Aparte: es decir, para alguien como yo], lo importante es la agenda. O quién se dejará conmover por la sonoridad, más que por estos o aquellos sonidos; o por el habitar, más que por los chalets del verano y el precio de los alquileres…

Escena XII

OTRO: Una vez más: ¿cómo retornan a nosotros, renovadamente, más críticamente, después de sesenta años, aquel fuego de Citizen Kane y este atesorar marginal de Léolo? No se debe reparar en lo que sabemos o no sabemos, o en lo que podríamos llegar a saber. Sería un error si el espectador de Citizen Kane respirase aliviado porque al fin sabe de qué iba eso de “Rosebud”. Gesto infantil por completo. En efecto, se nos han mostrado las vidas de Kane (y de Léolo), pero lo que resta es finalmente indescifrable. No se trata simplemente de que haya una “verdad biografizable” tras Kane o Léolo que podamos llegar a conocer y que de hecho, en ambos casos, conozcamos aunque fuese de modo incompleto. El anuncio del Rostro no pertenece al orden de lo que pudiésemos llegar a saber.

UNO: Es necesario un buen rastreador de silencios…

OTRO: Aquello del trineo no era “nada importante”, igual que la historia de Léolo será sólo archivada por un “domador de versos”. No será dada a conocer salvo a nosotros, fuera–del–mundo. En este sentido, de lo que se trata es –si me permites decirlo así– de preservar el diferendo que marca la distancia entrelo que sabemosy lo que en el Rostrono pertenece al orden de lo que pudiéramos saber… es decir, de lo quenunca podría llegar a ser Objeto. Esto no se opone a la responsabilidad por el Otro, sino que en medio de esa oscuridad, le concede su sentido… si es responsabilidad por el Otro. Cuando Christian Bobin nos narra sus visitas a su madre, enferma y poseída por el alzheimer en La presencia pura es quizás para recordarnos hasta qué punto el Otro como Rostro gana el Gran Enigma cuando se aparta del Mundo y nosotros, lejos de ser reacios a esa Retirada, la acogemos en un cara a cara asimétrico y completamente comprometido con el Otro.

UNO: Es como si el Otro siempre viniese de lejos y sin papeles. Un Sin.

OTRO: También sin reconocimiento. Para Lévinas, el Otro como Rostro está atrevesado por su desposesión y vulnerabilidad. Huerfano, viuda, pobre y extranjero, decía la Biblia. Todas figuras del Sin. Pero también parado, loco, desesperado… Más Sin.

UNO: ¡Un Sin sin fin! Este Otro parece –y ello nos podría resultar paradójico– vaciado, y que se va quedando “en nada”. Cómo, entonces, encontrar el camino al Otro… No se trata de que tuviese una historia o una vida, o sus circunstancias –claro está–, que pudieran ser narradas, y que susciten nuestro interés, cada vez más feroz y voraz.

OTRO: No es su historia lo decisivo, ni la biografía. Escándalo excelente éste de que el Otro como Rostro se pudiera presentar abstracto, fuera de contexto. Es realmente un escándalo en el siglo más sabio de todos los siglos sabios, tiempo –el más lúcido, se dirá– de todas las ciencias, epistemes y epistemologías, y de todas los saberes que buscan con ahínco, lo diremos lentamente [lo dice con énfasis y lentamente], no-simplemente-esclarecer, sino-desentrañar. Pero ¿habrá sido, de veras, el más sabio? ¿Cómo osar pedir que nos despojemos, nos desposeyamos del saber que creemos poseer del Otro? ¿Cómo tanta humillación? ¡Jamás! Pero hay que comprender que el Rostro no es que demande mejores conocimientos y saberes. Son necesarias muchas caídas en mi voluntad de poder respecto al Otro, y se hace imprescindible mucho deseo –pero sin voluntad de poder–, para que se insinúe el Rostro.

UNO: Pasa de tarde en tarde. Menos mal. Qué fácil es dejar de comprender todo esto.

OTRO: El Otro como Rostro no circula, no es posible convertirlo en mercancía cognitiva, ni en objeto de consumo, ni en útil. Nadie podría extrañarse de que el mundo contemporáneo encontrase sobrados motivos para desconfiar de este Rostro, que no deseara contar con él, que no permitiera demorarse en él ni que hubiésemos de poder querer pensar, en Filosofía, el privilegio de estar–en–vilo por este Rostro.

UNO: Y no sólo motivos para desconfiar sino, en el fondo, para odiarlo.

OTRO: Objetivar, etiquetar, estereotipar, inquirir por los individuos en su individualidad, pero una individualidad, o una singularidad deducida… ¿Quién podría sospechar nada, con el prestigio de que disfruta y con lo bien que se cotiza? Pero no se trata sencillamente de la singularidad como hecho del mundo… Qué maniobra: ¡sonreir a este Otro y hacer el ademán de ir a auxiliarle, y aniquilarle de paso! ¡Qué extraño! ¡Hacerle creer que se está de su parte! El Otro como Rostro debe ser confinado incluso en algun gesto de bondad. Que no se le deje suelto. Todo lo más, que cundan Otros–y–Caras, pero no–el-Rostro. Que la Filosofía nos invite a ello señala un compromiso con una dimensión de profundidad e infinito en la que me parece que cada día se concentra, con más acuciante intensidad, cada vez más subversivamente, una cierta expresión, al menos, de la inquietud filosófica.

UNO. ¿De veras? ¿Subversivamente?

OTRO: El Rostro es antitotalitario, rebelde, transgresor, excepcional, marginal, imprevisto sin que él mismo lo pretendiese. A estas alturas, es una prueba de nuestra humanidad en la medida en que ésta no fuese una mera parte del mundo, o en la medida en que el Otro y nosotros, aún, con él, no se dejase, no nos dejásemos, deducir de la trama del mundo.

UNO: Todo depende de que estemos dispuestos a esforzarnos en seguir este pensamiento.

OTRO: Esta Filosofía. Ya hemos llegado. Aquí nos despedimos. Citizen Kane narra la historia de un doble fracaso. El de Kane, desde el punto de vista de la existencia, y, por otra parte, y esto me importa más, pues afecta más a la genialidad del relato de Mankiewicz/Welles, el Gran Fracaso [lo dice con énfasis] de los Medios y, en general, del Conocimiento, para llegar a la zona decisiva de la existencia de un ser humano. Aquí, en el reconocimiento de este fracaso descomunal, radica el contra–poder del Rostro, del Otro, de la Existencia. El brote–de–rosa (“Rosebud”) nos recuerda ¡ah, Silesius!– que la Rosa no pide ser vista.

Sevilla, Julio de 2021

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Para quien esté interesado, estos textos, de los que soy autor, pueden aportarle más pistas:

«El cuerpo desalmado (…”por lo que parece que es un cuerpo”)», en Sileno (Madrid) 2 (1997), pp. 21-30.

https://www.academia.edu/18939649/El_cuerpo_desalmado_o_por_lo_que_parece_un_cuerpo_1997_

«Rostros sin Mundos. Inmanencia de la proximidad y pathos de lo interhumano en la metafísica de E. Lévinas», en Barroso, M. y Pérez Chico, D. (eds.), Un libro de huellas. Aproximaciones al pensamiento de Emmanuel Lévinas, Trotta, Madrid, 2004, pp. 149-176.

https://www.academia.edu/18490911/Rostros_sin_mundos_Inmanencia_de_la_proximidad_y_pathos_de_lo_Interhumano_en_la_metaf%C3%ADsica_de_Emmanuel_L%C3%A9vinas_2004_

«Los oídos prestados y el apeiron sonoro. Apuntes para una filosofía de la música», en Teorema XXII (2012), pp. 93-108.

file:///D:/Descargas/Dialnet-LosOidosPrestadosYElApeironSonoro-4247291.pdf

«Verdades irreales. Fenomenología de la ficción y modificación de neutralidad, en Philologia Hispalensis, XXVII 3/4 (2015), pp. 51-82.

https://www.academia.edu/17896006/Verdades_irreales_Fenomenolog%C3%ADa_de_la_ficci%C3%B3n_y_modificaci%C3%B3n_de_neutralidad_2015_

«Alguien lo sabe. Desvelo trascendental y dativo de manifestación-en-off como voz narrativa, en Revista de Filosofía, Segunda Serie, Núm. 3 (2015), pp. 207-232; e Investigaciones fenomenológicas, Monográfico 6 (2015), pp. 209-234.

https://www.academia.edu/17645207/Alguien_lo_sabe_Desvelo_trascendental_y_dativo_de_manifestaci%C3%B3n_en_off_como_voz_narrativa_2015_

«Márgenes silentes. Palabra excedida y silencio inspirado (Hofmannsthal / Blanchot)» en Quaderns de Filosofía, Vol. 3, núm. 1 (2016), pp. 27-49.

«De los objetos impelentes- ¿Quién iba a imaginarlos? Contribución a una fenomenología de la imaginación como configuración de escenas», en Anuario filosófico, 51, 2 (2018), pp. 275-300.

https://revistas.unav.edu/index.php/anuario-filosofico/article/view/8790/24496

«La vida absoluta. Hecho primordial fenomenológico e intimidad trascendental» (Husserl-Ortega)», en el vol. colectivo La razón y la vida. Homenaje a Javier San Martín, Trotta, Madrid, 2018, pp. 266-280.

https://www.academia.edu/37697011/La_vida_absoluta_Hecho_primordial_fenomenol%C3%B3gico_e_intimidad_trascendental_Husserl_Ortega_2018_

«El Otro como Juego -y como Desastre (Life in plastic, it’s fantastic : we are just getting started)», en Valenciana. Estudios de filosofía y letras (Universidad de Guanajuato, México),2019, pp. 315-342.

https://www.academia.edu/38274563/El_Otro_como_juego_y_como_desastre_Life_in_plastic_it_s_fantastic_we_are_just_getting_started_2019_

«”Aún cien veces más digno de ser pensado”. Fracaso y poética de la negatividad [Epílogo a “Léolo” (Jean-Claude Lauzon, 1992)], en Fedro, Revista de Estética y Teoría de las Artes.  Num. 20, julio de 2020. http://institucional.us.es/fedro/uploads/pdf/n20/moreno.pdf.

«La deuda infinita. Deconstrucción y salvación de la máscara» en el marco de las sesiones del Curso Monográfico  “Más allá del rostro”, que se impartió en el Museo Carmen Thyssen entre los días 10 de noviembre y 1 de diciembre de 2020, como complemento a la exposición Máscaras. Metamorfosis de la identidad moderna.

«Rostro y excepción. Disciplina del no-saber y de la decepción como cuidado por el Otro en la fenomenología ética de E. Levinas», y que tuvo lugar el día 13 de mayo de 2021 online en el Coloquio Internacional sobre «Ética y fenomenología» que se celebró en la Universidad Diego Portales (Santiago de Chile, Chile) del 15 de abril al 27 de mayo de 2021.